Marta Bueno y
José R. Alonso
Cuando un niño vive una situación estresante tememos que esa experiencia pueda dejar huella en su cerebro. De alguna manera las vivencias traumáticas, sobre todo cuando se alargan en el tiempo, ponen a prueba los mecanismos de adaptación y resiliencia de las personas. Nuestro cerebro nos hace ser quienes somos, seres únicos
definidos por ese órgano capaz de reestructurarse hasta el final de nuestros días. Aprendemos, recordamos y olvidamos, pero ¿qué marca dejan las situaciones de estrés vividas en la infancia?, ¿qué consecuencias tienen en el desarrollo intelectual?