domingo, 26 de octubre de 2014

UniDiversidad. El blog de José R. Alonso.



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Posted: 23 Oct 2014 11:40 PM PDT
electric-chair-redUnas de las preguntas históricas en relación con la inteligencia ha sido ¿dónde se aloja el genio? o ¿dónde reside la maldad? Curiosamente, antes del siglo XVI, uno no decía que alguien era un genio, sino que tenía un genio. El genio —más parecido al de Aladino— era un dios tutelar o un espíritu que cada persona recibía en el momento del nacimiento y que en algunos afortunados era particularmente notable. Es curioso como las ideas científicas, cuando han sido superadas, persisten en las narraciones y el lenguaje popular: esos dones a los recién nacidos encajan perfectamente con las características que las hadas buenas y malvadas confieren a la Bella Durmiente mientras está en la cuna, cualidades que marcan un destino y una personalidad y todavía seguimos diciendo de alguien que «tiene mal genio» o que «tiene un
genio endiablado».s-CRACKED-GENIUSES-large
Con el desarrollo de la ciencia en la época de la Ilustración, el genio, la sabiduría y también la maldad se empezaron a buscar en el encéfalo. Tras la recolección de cráneos y cerebros que pusieron en marcha los frenólogos, y el desprestigio que tuvieron sus teorías después, distintos científicos respetados estudiaron qué había de especial en el cerebro de las personas singulares. Rudolph Wagner, que trabajaba en la bonita ciudad alemana de Göttingen, obtuvo el encéfalo de Carl Friedrich Gauss (1777-1855) que falleció en esta ciudad. Gauss_Brain-724x420Gauss, físico, astrónomo y matemático, era una de las grandes glorias de la ciencia europea y su cerebro no decepcionó: era más grande que la media (1492 cm3) y estaba extraordinariamente plegado, con fisuras complejas y un gran despliegue de giros y surcos. Se pensó que se había encontrado el sustrato biológico de la inteligencia: gran volumen cerebral y alta complejidad cortical. El problema fue cuando Wagner consiguió los cerebros de cinco famosos catedráticos de la misma universidad alemana y ninguno de ellos tenía nada de particular. La hipótesis planteada para un único cerebro, el de Gauss, no se sostenía cuando se amplió la muestra a los sabios de Göttingen, ni las circunvoluciones ni el peso cerebral de aquellos profesores germanos mostraban nada particularmente notable. Broca, el neurólogo francés, cuando conoció estos datos contestó con cierta retranca: «una toga de profesor no es necesariamente un certificado de genialidad, puede que existan, incluso en Göttingen, algunas cátedras que estén ocupadas por hombres que no sean particularmente notables».
El estudio de los cerebros ajenos se convirtió en algo cercano a una pasión científica, una competición en la que también participaban los propios estudiados. George Grote, experto en la Grecia clásica y uno de los creadores y presidentes del University College de Londres, expresó su deseo de que «tras mi muerte, mi cráneo sea abierto por el catedrático de Anatomía del University Collegue o por algún otro anatomista competente. Deseo que mi cerebro sea cuidadosamente pesado y examinado y que el peso, junto con cualquier otra peculiaridad que se encuentre, se comunique al profesor Bain». groteAlexander Bain había fundado la revista Mind, la primera revista de Psicología y fue un pionero en aplicar el método científico a los estudios psicológicos. El deseo de Grote se cumplió y se encontró que su cerebro era 100 gramos más pesado que la media para un hombre de su edad, con lo que es posible —aunque no mucho en mi opinión— que se retorciese de placer en su sepultura.
Otro de los que estudiaron los cerebros de personas notables fue Edward Charles Spitzka. Spitzka consiguió muestras o datos de los cerebros de Ludwig van Beethoven, William Thackeray, Abraham Lincoln, Iván Turguenev y Louis Agassiz. Los resultados eran claros: el tamaño del encéfalo o la complejidad de la corteza cerebral no estaban en proporción al intelecto y más aún, no había nada aparente que distinguiese el cerebro de un genio de de un hombre normal. SpitzkaArticle1Spitzka era un prestigioso médico neoyorquino que había completado su formación en Europa, tanto en Alemania (Universidad de Leipzig) como en Austria (Universidad de Viena). Fue presidente de la Sociedad de Neurología de Nueva York en 1883-1884 y de la Sociedad de Neurología Americana en 1890. Estos cargos le dieron notoriedad pública y por eso participó en dos casos importantes para la sociedad estadounidense: la primera ejecución realizada con la silla eléctrica y la primera vez que se intentó utilizar un diagnóstico de enfermedad mental como argumento jurídico en la defensa de un criminal famoso.
La ejecución de William Kemmler, que había matado a su esposa a hachazos, tuvo lugar el 6 de agosto de 1890 en la prisión de Auburn en Nueva York, y detrás había un importante trasfondo económico. George Westinghouse, que había adquirido la mayor parte de las patentes de Nikola Tesla, era el principal impulsor de la corriente alterna para las redes generales de distribución de electricidad mientras que el banquero J.P. Morgan apoyaba a Thomas Edison y ambos querían imponer la corriente continua, que les haría aún más millonarios. La confrontación entre Westinghouse y Edison se conoció como la «guerra de las corrientes» y temas como la eficacia, los costes y, sobre todo, la seguridad de ambos tipos de electricidad eran parte del debate. edison&westinghouseEdison contaba por todas partes que los sistemas de corriente alterna, con su distribución mediante cables de alto voltaje, eran enormemente peligrosos a lo que Westinghouse respondía que los riesgos eran fácilmente controlables y que los beneficios los superaban ampliamente. En 1887, el estado de Nueva York preguntó a Edison, famoso por sus inventos, cuál sería el mejor modo de aplicar la pena de muerte. Al principio no quiso saber nada del tema pues se oponía a la pena de muerte pero entonces vio que era su oportunidad. Contrató a escondidas a un ingeniero, Harold P. Brown,  al que presentó como un experto independiente que declaró que lo mejor era la electrocución del condenado con corriente alterna, la que usaban sus contrincantes. Westinghouse intentó evitar la ejecución con su corriente contratando al mejor abogado del momento para que se encargase de la apelación de Kemmler montando una estrategia de defensa que incluía declarar que la electrocución era «un castigo cruel e inusual» algo contrario a las leyes que regulaban la pena de muerte. Las maniobras legales no tuvieron éxito y Kemmler fue llevado a la silla eléctrica, un artilugio que había costado una fortuna. Kemmler, tranquilo, se despidió de los presentes: «Caballeros, les deseo buena suerte. Creo que voy a un buen lugar y estoy listo para irme».
La silla se había probado exitosamente el día anterior electrocutando un caballo. La primera descarga, con mil voltios duró 17 segundos. Spitzka le declaró muerto pero alguno de los testigos presentes empezó a gritar que todavía respiraba. Spitzka se acercó y vio que efectivamente Kemmler seguía respirando y su corazón seguía latiendo, así que gritó al verdugo Edwin Davis cuyo cargo oficial era electricista del Estado: «Conecta la corriente de nuevo, rápido, sin perder tiempo». En el segundo intento, Davis no se anduvo con chiquitas, usó una corriente de 2.000 voltios y la aplicó durante un minuto y medio. kemmler_103A Kemmler le estallaron los capilares sanguíneos bajo la piel y empezó a sangrar por la nariz, los oídos y los ojos; el pelo se le chamuscó, la zona del cuerpo junto al electrodo humeaba y un insoportable olor a carne quemada se extendió por la sala. Algunos espectadores se pusieron a vomitar e intentaron, sin conseguirlo, salir de la habitación. La ejecución duró un total de ocho minutos. Uno de los espectadores lo definió como «un espectáculo horrendo, mucho peor que la horca». George Westinghouse dijo «lo habrían hecho mejor si hubieran usado un hacha». Por su parte, Edison, que era un competidor feroz y con muy pocos escrúpulos, intentó sin éxito que cuando alguien fuera electrocutado se dijera que había sido «westinghoused».
El juicio donde se intentó utilizar la locura como un eximente fue el de Charles J. Guiteau, que había asesinado al presidente de los Estados Unidos, James A. Garfield, cuando solo llevaba cuatro meses de mandato y tuvo lugar en 1884. Guiteau realmente estaba mal de la cabeza y había estado acosando a Garfield para que le nombrara embajador o cónsul, primero en Viena y luego en París pues había escrito un discurso titulado Garfield versus Hancock, que según él había sido clave para la elección de Garfield como presidente, cosa que era pura fantasía. 640px-James_Abram_Garfield,_photo_portrait_seatedNos puede parecer un rasgo de demencia pero con cada cambio presidencial unos 100.000 empleados gubernamentales eran sustituidos, unos recibían buenos cargos y otros eran puestos de patitas en la calle en lo que alguien definió como una «torrentera de miedo y codicia». Así que Guiteau creía que lo que pedía era de justicia. Tras acosar al presidente y al secretario de Estado, y solo obtener un aviso a seguridad para que le mantuvieran a distancia, Guiteau decidió comprar un revólver. De los dos que le ofrecieron por el poco dinero que tenía eligió uno con cachas de marfil porque –declararía posteriormente— quedaría mejor cuando lo expusieran en una vitrina como el arma que mató al presidente. Por cierto, el arma se perdió en un traslado y nunca se ha vuelto a saber de él. Spitzka era entonces un joven neurólogo —entonces se llamaba alienista— con buena reputación y defendió con valentía y rotundidad que Guiteau no estaba en sus cabales y por lo tanto no era plenamente responsable de su acción, testimonio enormemente impopular para la indignada sociedad de la época. En el estrado, Spitzka declaró que no tenía dudas que Guiteau era al mismo tiempo un demente «y una monstruosidad moral», afirmando «no solo es un loco ahora, es que nunca ha sido otra cosa» y añadiendo que era un egotista mórbido que malinterpretaba y personalizaba en exceso las cosas que sucedían en la vida. Spitzka llegó a afirmar que estaba convencido que su crimen surgía de una «malformación congénita del cerebro», algo que daba cierto pábulo a su defensa. También especuló sobre los posibles antecedentes hereditarios pues Guiteau tenía antecedentes de trastornos mentales en la familia, su madre tuvo una psicosis postparto y su padre estaba obsesionado con la religión. Tanto su padre como su hermana le habían intentado sin éxito internar en un psiquiátrico.
El principal testigo de la acusación fue el Dr. John Gray, editor del American Journal of Insanity (ahora American Journal of Psychiatry) que declaró que Guiteau había actuado por su vanidad herida y su decepción con el equipo presidencial pero que era plenamente consciente de sus actos. El fiscal, por su parte, declaró «No está más loco de lo que lo estoy yo. No hay nada de locura en Guiteau: es un canalla frío y calculador, un rufián relamido que se ha preparado gradualmente para posar de esta manera delante del mundo. Es un vago, pura y llanamente. Finalmente se cansó de la monotonía de no hacer nada. Quería excitación de alguna otra clase y notoriedad, y lo ha conseguido».
Guiteau, por su parte, despotricaba de lo que hacían sus abogados defensores y reclamaba que no estaba loco, algo que generaba fuertes rifirrafes con su equipo legal. Se convirtió en una celebridad durante el juicio pues blasfemaba e insultaba al juez, a la mayoría de los testigos, al fiscal y a los propios abogados de la defensa, algo que encantaba a la prensa. 800px-Guiteau_cartoon2Su testimonio lo plasmaba en poemas épicos que recitaba durante el juicio y pedía consejo legal a algunos espectadores de la sala pasándoles pequeñas notas. Dictó su autobiografía al New York Herald acabándola con un anuncio donde pedía ser contactado por alguna atractiva dama cristiana de menos de treinta años. Evidentemente no parecía percatarse de su apurada situación ni de que la gente le odiaba, ni siquiera después de sufrir dos intentos de asesinato. Por el contrario, sonreía y saludaba feliz al público y a los periodistas al entrar y salir de la sala y parecía estar disfrutando de ser, por primera vez en su vida, el centro de atención de algo. Mi anécdota preferida es que escribió al nuevo presidente de los Estados Unidos, Chester A. Arthur, pidiéndole que le dejara libre con el acertado argumento de que gracias a él, le habían subido el sueldo, al haber pasado de vicepresidente a presidente.
En algún momento Guiteau argumentó frente al juez que los responsables de la muerte de Garfield no era él y las dos balas que le había metido al presidente, sino los médicos que le habían tratado: «Los médicos mataron a Garfield, yo solo le disparé» cosa en la que muchos ahora le dan la razón. Las lesiones de Garfield eran bastante benignas pero tuvo unas infecciones terribles probablemente por los médicos que exploraron las heridas de los dos balazos con sus dedos y con un instrumental sin lavar ni esterilizar. Una de las balas no se llegó a encontrar hasta la autopsia y eso que Alexander Graham Bell, el fabricante del primer teléfono, inventó un detector de metales que funcionaba perfectamente pero al parecer detectaba también los muelles de la cama. La causa última de la muerte del presidente Garfield fue, al parecer, que los médicos, temiendo que tuviera el intestino afectado, le mataron de hambre. Perdió 45 kilos en los 80 días que pasaron desde el atentado hasta su muerte y solo le daban una dieta líquida de consomé, yemas de huevo y whisky, papilla administrada durante un tiempo por vía rectal.
Cuando el juicio estaba próximo a la deliberación final, Guiteau estaba preparando el ciclo de conferencias que emprendería tras su puesta en libertad así como su propia carrera presidencial. Cuando se leyó el veredicto, a pesar de los esfuerzos de sus defensores para que se estuviera quieto, se puso a insultar al jurado con una serie de tacos e improperios, diciéndoles que eran «unos gilipollas de los pies a la cabeza» (You are all low, consummate jackasses!). Charles_J_GuiteauFue también un precursor en eso de hacer titulares con sus declaraciones en el juzgado. Ni siquiera Ruíz-Mateos ha conseguido superarlo.
Dicen que cuando iba ser ejecutado Guiteau sonreía y saludaba a los espectadores. Parece que fue bailando hasta el patíbulo y consiguió su segunda última voluntad que fue recitar un poema que había escrito. La primera petición, que fue que una orquesta tocara mientras él cantaba el poema, había sido denegada. Tras ser ahorcado se le extrajo el cerebro y parte de él se conserva en el Museo Mütter de Filadelfia, otra parte en el Museo Nacional de Salud y Medicina en Maryland y otros trozos, junto con la columna vertebral y un par de costillas de Garfield, en el Museo Nacional de Salud y Medicina de Washington.
Veintisiete años después, en 1901, otro presidente americano fue asesinado, William McKinley -han sido cuatro, sumando a Lincoln y Kennedy-, el responsable de la guerra entre España y Estados Unidos que terminó con nuestro imperio colonial en 1898. Mckinley-red Tras la toma de Manila por el ejército norteamericano McKinley pidió un globo terráqueo para localizar las Filipinas, pues no sabía dónde estaban. Por una serie de casualidades, la autopsia de Leon Frank Czologosz, el asesino de McKInley, fue encargada a Edward Anthony Spitzka, el hijo de Edward Charles Spitzka. El joven Spitza había publicado una serie de artículos sobre el cerebro humano pero no dejaba de ser un estudiante de Medicina en cuarto año de carrera. Después se convirtió en un famoso anatomista y estudió decenas de cerebros famosos y singulares pero esa es ya, otra historia.

Para leer más:
  • Donaldson HH (1891) Anatomical Observations on the Brain and Several Sense-Organs of the Blind Deaf-Mute, Laura Dewey Bridgman. Am J Psychol 4 (2): 248–294.
  • Gould SJ (1981) The mismeasure of man. Penguin, Londres.
  • Harris JC (2012) An office or your life. Arch Gen Psychiatry 69(11): 1098.
  • Millard C (2011) Destiny of the Republic: A Tale of Madness, Medicine and the Murder of a President. Doubleday, Nueva York.
  • Rosenberg CE (1995). The Trial of the Assassin Guiteau: Psychiatry and the Law in the Gilded Age. University of Chicago Press, Chicago.
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