sábado, 11 de enero de 2014

Mujeres en la historia



Mujeres en la historia


Posted: 10 Jan 2014 02:12 PM PST
Su hermosura gótica enamoró a un grupo de pintores que a mediados del siglo XIX se hacían llamar "Prerrafaelitas". Uno de ellos, Rossetti, consiguió llevarla al altar, controlar su vida y hacerla sufrir a causa de sus múltiples escarceos amorosos. La pérdida de su única hija la sumió en la desolación. Su tristeza, unida a una posible anorexia y una salud muy frágil la llevaron a terminar con su vida.


La pequeña Lizzie
Elizabeth Eleanor Siddall nació el 25 de julio de 1829 en Londres. Sus padres se llamaban Charles Crooke Sidall y Elizabeth Eleanor Evans. La pareja tuvo cinco hijos más. Es probable que fueran sus propios padres quienes les enseñaran a leer y escribir. Lizzie, como la llamaba su familia cariñosamente, descubrió su pasión por la poesía siendo muy pequeña, cuando leyó un poema de Alfred Tennyson en un periódico.


La bella modelo
La joven Elizabeth estaba trabajando en una tienda de sombreros en Cranbourne Alley en Leicester Square cuando en 1949 un pintor llamado Walter H. Deverell la descubrió y la contrató para que ejerciera de modelo para él. Elizabeth posó como Viola para el cuadro del pintor conocido como Twelfth Night. Fue así como entró en contacto con los pintores prerrafaelitas, una corriente artística que defendían volver a las corrientes cercanas a los primitivos italianos y flamencos, anteriores al pintor renacentista Rafael 

La hermosa muchacha tenía entonces veinte años, un cuerpo esbelto, un pelo de color cobrizo y unas facciones en el rostro que la acercaban a la estética gótica que buscaban los pintores de la Hermanada Prerrafaelita. 

Durante un tiempo Elizabeth combinó su empleo en la sombrerería de la señora Tozer's con su trabajo como modelo, lo que le dio cierta independencia económica, algo poco usual para su tiempo.

Una Ophelia premonitoria
De todos los cuadros que pintó para los prerrafaelitas, el que recrea la muerte de Ophelia, personaje femenino de la obra de William Shakespeare, Hamlet, es quizás uno de los más conocidos. Dicho cuadro tuvo una importancia clave en la vida de Elizabeth, no sólo por las consecuencias físicas que sufrió sino también por su significado premonitorio del que sería su propio final, trágico también.



John Everett Millais escogió a Elizabeth para su pintura de Ophelia en 1852. Para que el cuadro fuera más real y recreara con la máxima veracidad el ahogamiento de Ophelia, la modelo se tuvo que sumergir durante horas en una bañera vestida. A pesar de que el agua estaba templada, las largas horas de posado enfriaron la bañera. Elizabeth no se quejó y terminó enfermando gravemente. Este hecho, unido a su posible anorexia, debilitaron sustancialmente la salud de la joven.

La obsesión de Rossetti
De todos los pintores que conoció en sus años como modelo, fue Dante Gabriel Rossetti quien se enamoró hasta la obsesión de Elizabeth. El pintor y poeta intentó por todos los medios que su hermosa mujer, con la que se casó el 23 de mayo de 1860, dejara de posar para otros artistas. Rossetti pintó hasta la saciedad a su hermosa mujer siendo quizás su obra más destacada la recreación de la Beatriz de Dante Alighieri en un cuadro pintado un año después de la trágica muerte de Elizabeth.

En aquellos años, Elizabeth intentó pintar ella también ayudada por su marido, y escribir poemas, otra de sus aficiones.

Un triste final
Elizabeth fue siempre una mujer frágil y enfermiza que utilizaba el láudano como remedio con demasiada frecuencia. A su débil salud se unía la ansiedad provocada por las constantes infidelidades de su marido que sufría desde antes de contraer matrimonio.

El 2 de mayo de 1861, Elizabeth daba a luz a una niña muerta. Desde entonces se sumió aún más en la tristeza y la melancolía hasta que decidió terminar con su vida. Con tan sólo 32 años de edad, el 11 de febrero de 1862, Elizabeth Sidal se suicidaba tomando una sobredosis de láudano mientras su marido disfrutaba de una de sus amantes.

Rossetti, quizás arrepentido, tuvo un gesto romántico al hacer enterrar junto al cadáver de su esposa los poemas manuscritos que él había escrito. Años después, cuando su carrera empezaba a declinar, no dudó en desenterrarlos.

La obra poética de Elizabeth Sidal también fue recuperada y publicada con los años pero es sin duda su hermoso rostro el que prevalecerá para siempre.

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