UniDiversidad. El blog de José R. Alonso. |
Posted: 26 May 2015 11:36 PM PDT
Su infancia no fue nada fácil: su madre, Emma Watson, era una mujer devota y puritana que se oponía al alcohol, al tabaco y al baile, y su estricto adoctrinamiento del joven John hizo que, de rebote, éste tuviera una antipatía feroz contra todas las religiones y un miedo constante a la oscuridad pues su madre le había inculcado que el Diablo podría salir en cualquier momento de las sombras y arrastrarle al infierno. Tras graduarse dio clase en una escuela de pueblo de una sola habitación en donde ganaba 25 dólares al mes. Cuando su madre falleció, decidió seguir formándose y presentó solicitudes a las universidades de Princeton y Chicago. Cuando se enteró de que Princeton requería ser capaz de leer griego y latín, marchó a Chicago con un total de 50 dólares en el bolsillo. Encontró un trabajo de camarero y ganaba otros dos dólares a la semana encargándose de cuidar a las ratas del laboratorio, algo que tendría mucha importancia en su carrera pues le convirtió en un experimentalista. Tras leer su tesis, la Universidad de Chicago le contrató como profesor ayudante para dar clase de Psicología animal y Psicología humana. Durante un examen, una alumna, Mary Ickes, que estaba «colada» por él, en vez de responder a las preguntas se dedicó a escribirle un largo poema de amor. Cuando Watson insistió en recoger la hoja de examen, Mary se la entregó ruborizada y salió corriendo. La poesía no debía ser tan mala porque la pareja se casó poco después. En Chicago, Watson siguió publicando y consiguió cierta fama por lo que recibió una oferta de la Universidad Johns Hopkins, que le quintuplicaba el sueldo, pasando de 600 dólares al año a 3.000. Allí se convirtió en una especie de enfant terrible, una mezcla entre niño prodigio y revolucionario académico. Dos años después era director del pequeño Departamento de Psicología, que había conseguido desgajar del de Filosofía; Frustrado por lo que el veía como la falta de rigor y objetividad de la Psicología de su época, Watson dio una serie de conferencias en la Universidad de Columbia que luego publicó como Psychology as the Behaviorist views it, un ensayo donde buscaba llevar el estudio del comportamiento a un marco científico que convirtiera las diferentes conductas en entidades observables y mensurables. La charla, donde Watson se definía como conductista, empezaba así:
La Psicología, tal como el conductista la ve es una rama experimental puramente objetiva de las ciencias naturales. Su objetivo teórico es la predicción y el control del comportamiento. La introspección no forma parte esencial de sus métodos ni el valor científico de sus datos depende de la facilidad con la que se prestan a la interpretación en términos de la consciencia. El conductista, en sus esfuerzos para conseguir un esquema unitario de la respuesta animal, no reconoce ninguna línea divisoria entre el hombre y el bruto. El comportamiento del hombre, con todo su refinamiento y complejidad, forma solo una parte del esquema total de investigación del conductista.
Watson era muy crítico con el énfasis de los psicoanalistas sobre la introspección y con su aproximación a las patologías mentales basada en las impresiones del paciente. Llamaba vuduísmo a las teorías de Freud y consideraba necesario un marco teórico basado en la observación del ser humano, en particular en su desarrollo infantil. En ese sentido, escribió al rector de Johns Hopkins:
No estaré satisfecho hasta que tenga un laboratorio en el que pueda criar niños desde el nacimiento hasta los tres o cuatro años bajo una observación continua.
German troops advance across open ground at Villers-Bretonneux during Germany's last major effort to secure victory on the Western Front. (Photo by Hulton Archive/Getty Images) A su vuelta retomó la investigación. Pensaba que muy pocas de las respuestas emocionales y conductuales estaban ya establecidas en el momento del nacimiento y que la gran mayoría se «construían» a través del condicionamiento en la primera infancia. Planteó —una frase, muy criticada, que se suele presentar truncada de su última sentencia— que con las técnicas de modificación de conducta se podría lograr cualquier objetivo actuando sobre una mente en formación:
Dame una docena de niños sanos, bien formados, para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarlo para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger —médico, abogado, artista, hombre de negocios e incluso mendigo o ladrón— prescindiendo de su talento, inclinaciones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados. Voy más allá de mis hechos y lo admito pero así lo hacen también los que defienden lo contrario y lo han estado haciendo durante miles de años.
Watson fue también muy crítico con los psicólogos que no tenían en cuenta la neurobiología y escribió:
La mayoría de los psicólogos hablan, también, bastante volublemente sobre la formación de nuevas vías en el cerebro, como si existiera un grupo de pequeños sirvientes de Vulcano que corrieran a través del sistema nervioso con un martillo y cincel cavando nuevas trincheras y haciendo más profundas las viejas…
Décadas después se vería la plasticidad neuronal Y que las propias «trincheras» tenían una capacidad de reorganización y adaptación muy superior a lo que se estimaba en aquella época.Tras conocer los trabajos de Pavlov, Watson pensó que con los reflejos condicionados podría eliminar la subjetividad y las interpretaciones seudofilosóficas y convertir los estudios psicológicos en una verdadera ciencia. Para él, el reflejo condicionado era la «unidad» del comportamiento y todas las formas más complejas de comportamiento estaban, al final, compuestas, como las piezas de un juego de construcción, de estas unidades. En un momento determinado, Watson decidió que tenía que llevar sus ideas a la práctica y puso en marcha junto a una joven estudiante de doctorado llamada Rosalie Rayner, uno de los experimentos de peor fama de la historia de la Psicología: el del pequeño Albert. El objetivo general era comprobar si se podía generar una emoción fuerte de novo para lo que decidieron generar una fobia condicionada en un niño de nueve meses que no tenía miedo previo al agente causal y que era emocionalmente estable. El trabajo buscaba respuestas a tres interrogantes:
Lo primero que hicieron Watson y Rayner fue establecer el nivel basal emocional de Albert. Para ello le expusieron a una serie de estímulos novedosos entre los que había animales vivos, máscaras, algodón, lana, un periódico quemado y otros estímulos. Watson y Rayner especularon cómo interpretarían los discípulos de Freud los miedos de Albert si llegaba a psicoanalizarse: De aquí en veinte años los freudianos, a menos que sus hipótesis cambien, cuando empiecen a analizar el miedo de Albert a un abrigo de piel de foca —suponiendo que vaya a que le analicen a esa edad— probablemente sacarán de él el relato de un sueño sobre el que su análisis demostrará que cuando Albert tenía tres años intentó jugar con el vello púbico de su madre y fue reprendido violentamente… Si el analista ha preparado suficientemente a Albert para aceptar ese sueño como una explicación para sus tendencias de rechazo y el analista tiene la autoridad y la personalidad para imponerlo, Albert puede quedar totalmente convencido que el sueño fue la verdadera revelación de los factores que le han causado ese miedo. Aunque el experimento tenía graves problemas de diseño y nunca se ha vuelto a repetir, se considera un clásico de la historia de la Psicología. Para muchos, los datos de Watson y Rayner entran en la categoría de resultados «interesantes pero ininterpretables» y el experimento del pequeño Albert tuvo una derivada inesperada: Watson inició una relación con Rosalie Rayner. El escándalo saltó a la prensa, Rayner era de una de las familias más poderosas de Baltimore y la Universidad Johns Hopkins le pidió a Watson que dejara su puesto. Rayner y Watson tuvieron dos hijos, William (1921) y James (1924) —probablemente un homenaje a su admirado William James— que criaron de acuerdo a los principios del conductismo. Según Watson, mostrar afecto a los niños les generaba una dependencia de los padres que iba en detrimento de su independencia al ir creciendo, así que ni William ni James fueron besados o mimados. En vez de eso, eran tratados como pequeños adultos, animados a estar a gusto ellos solos, a practicar sus propios hobbies y enviados desde muy pequeños a campamentos y clubs de fin de semana. En el libro The Psychological Care of Infant and Child se animaba a las madres a criar a los hijos bajo estos principios y a no malcriarles con muestras de cariño. En el capítulo titulado Too Much Mother Love (Demasiado Amor maternal) se decía
Cuando tengas tentaciones de besuquear a tu hijo recuerda que el amor materno es un instrumento peligroso. Un instrumento que puede infligir una herida que nunca cicatrice, una herida que puede hacer que la infancia sea infeliz y la adolescencia una pesadilla, un instrumento que puede arruinar la vocación futura de tu hijo o hija o sus posibilidades de felicidad marital.
Rayner murió de disentería tras haber tomado fruta estropeada.
Creo honestamente que los principios que mi padre defendía como conductista erosionaron la habilidad de Bill y la mía para manejar con eficacia las emociones humanas, y cuando fuimos mayores, nos minó la autoestima, contribuyendo finalmente a la muerte de Bill y a mi propia crisis. Trágicamente, la antítesis de lo que mi padre esperaba al practicar estas filosofías.
El pequeño Albert fue localizado 2014 e identificado como Albert Barger, aunque ya había fallecida. Su sobrina contó a los investigadores que al supuesto Albert no le gustaban los animales y en particular tenía un miedo atroz a los perros. Una casualidad o quizá un condicionamiento que le duró toda la vida.Para leer más:
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