domingo, 2 de noviembre de 2014

Mi evolución de la evaluación




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Mi evolución de la evaluación

by Jordi Martí
Evaluar es quizás una de las tareas más desagradables de la profesión docente. La necesidad de distribuir numéricamente unas supuestas capacidades mediante artificios que, lo único que permiten, es la taxonomización cada vez más precoz de nuestros alumnos es algo realmente preocupante. Pero, aún más preocupante que lo anterior, es su supuesta obligación. Obligación de plasmar en boletines de notas que los padres devoran sin ver qué hay detrás. Ristras de excelentes, notables, bienes, suficientes e insuficientes que sirven para criticar o felicitar al retoño o al docente. Papeles que llegan cada vez más a menudo (hay muchos centros educativos que cada vez realizan más evaluaciones de las trimestrales y la final -la única prescriptiva- habituales) a los domicilios. Papeles que, como mucho, indican situaciones puntuales basadas en evaluaciones que tienen de todo menos objetividad y personalización de aprendizajes.
Es por ello que algunos intentamos cambiar un modelo en el que no creemos. Es importante entender las ventajas que supone una evaluación tradicional: menos trabajo en su corrección, mayor posibilidad de introducir calificaciones que no generen ningún tipo de queja e, incluso, poder sentirse un ente poderoso por poder escribir, mediante un número, las bondades o defectos de los alumnos. Cuánto gusta. Cuánto papeleo inútil. Cuánto espíritu de deidad.
Reconozco que cuando empecé a trabajar realizaba exámenes. Exámenes trimestrales que, en los siguientes años, trasladé a realizarlos cada vez más a menudo. Más exámenes implica más trabajo de corrección y, en principio, una mayor aproximación a las capacidades y esfuerzos reales de los alumnos. Incluso, para rizar más el rizo, sustituí los exámenes subjetivos por exámenes tipo test. El súmum de la calificación objetiva. El sistema que evita la subjetividad del docente a la hora de corregir. Si tiene que dar 44 el resultado no hay nada que valorar si en el tipo test no han marcado esa opción. Qué satisfacción. Y con Moodle ya... maravilloso. Nos da la nota de forma automática. Qué bonito el preparar exámenes autocorregibles.
Lamentablemente uno se hace mayor y cuando lleva años en esto se plantea muchas cuestiones. Entre las anteriores la de cómo evaluar. Cómo ser lo más justo para el alumnado. Cómo atender esas habilidades y potencialidades que un simple test o examen no demuestran. Total, tocaba período de reflexión.
Hace ya unos seis años que he cambiado metodología. Nada de exámenes. Nada de pruebas tipo test. Nada de cuestionarios inútiles, más allá de hacer alguno para que no se me pierda la práctica, por si algún día a algún político de chichanabo de estos que gestionan el sistema educativo se les ocurra la ¿brillante? idea de poner exámenes estandarizados. Trabajo por actividades. Hasta hace unos tres cursos mediante actividades individuales (sí, seguía teniendo la perspectiva de obviar las actividades grupales por, personalmente, costarme de coordinar con otros para hacer trabajos en mi juventud). Hoy ya son actividades grupales. Actividades abiertas que publican los alumnos. Corrección entre pares en la que lo que prima es cómo se ha trabajado. Mucho trabajo de individualización. Mucho sistema de valoración abierto con poca supuesta objetividad. Sí, cambiar modelos de evaluación implica prescindir de ser objetivo. ¿Se debe ser objetivo o potenciar el máximo de cada uno de nuestros alumnos? Porque, seamos sinceros, en etapas obligatorias lo que debería primar, más allá de la calificación trimestral o final, es la evolución de los chavales. De dónde vienen y a dónde han llegado. Qué aprendizaje han realizado. Y sí, partir de una situación de partida inferior y llegar a algo menos que otros puede llevar asociada una mejor calificación. Sí, es injusto si se mira desde la perspectiva de lo estándar tan manido pero, en Primaria y Secundaria obligatoria, es más importante considerar dicha evolución que la meta final. Una meta que no todos deben alcanzar de la misma manera. Una meta única que no debería existir. Todos los alumnos se crean sus metas. Y todas ellas son igual de válidas.
No sé si lo estoy haciendo bien. Seguro que el curso que viene vuelvo, en función de los alumnos que tenga, a cambiar de modelo. Sí, soy un inquieto e inadaptado por negarme a asumir que lo que estoy haciendo es lo mejor que podría hacer. Mi evolución de la evaluación nunca va a cerrarse y espero que siempre esté en continuo movimiento.
Jordi Martí | noviembre 2, 2014 en 9:09 am | Etiquetas: evaluación, reflexiones | Categorías: EDUCACIÓN | URL: http://wp.me/pGAud-4N0
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2 comentarios:

  1. No creo en las evaluaciones y naturalmente menos en niños de 5 años como muchos profesores hacen en la comunidad de Madrid, es una aberración, yo cogía a estos profes y les haría los controles a ellos.

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  2. ¿Y para que sirven las evaluaciones? para saber que eres el profe mejor del mundo mundial, o el peor

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